El canibalismo político del PRM
Los enemigos del PRM no está en la oposición.
En política hay una regla no escrita: los partidos suelen desgastarse más por sus conflictos internos que por la fuerza de la oposición. La historia dominicana está llena de ejemplos. Y hoy, mientras se habla de nuevos decretos y designaciones, en las bases del PRM no predomina la euforia de quien ganó unas elecciones, sino una curiosa mezcla entre esperanza y temor


. Esperanza de que el trabajo realizado sea reconocido; temor de que los espacios terminen en manos de quienes nunca caminaron junto al partido, o peor aún, de quienes hasta hace poco hacían campaña desde la acera de enfrente. La pregunta comienza a repetirse en los pasillos: ¿para qué militar, si el premio puede ser para otro?
El primer error es precisamente ese: la percepción de que la lealtad dejó de ser un criterio de valoración. No se trata de rechazar el talento externo; ningún partido serio puede cerrarse a incorporar perfiles valiosos. El problema surge cuando las designaciones parecen premiar a personas sin trayectoria partidaria, sin alianzas con la organización o incluso provenientes de partidos adversarios, mientras dirigentes que dedicaron años a construir la estructura permanecen esperando. La señal que reciben las bases es peligrosa: parecería que pertenecer al partido pesa menos que llegar desde fuera con un mejor padrino. Incluso se han producido casos en que una misma persona ha sido designada mediante decretos en instituciones diferentes, alimentando la percepción de concentración de oportunidades y desconfianza en la capacidad que se tiene.
El segundo error es un viejo conocido de la ciencia política: el canibalismo interno. En muchos partidos, cuando un dirigente empieza a destacar, el primer obstáculo no suele venir del adversario, sino de sus propios compañeros. Apenas alguien asoma como posible candidato o adquiere notoriedad en su provincia, aparecen campañas de descrédito, rumores y ataques. Es una paradoja casi cómica: algunos parecen dedicar más energía a derrotar a un compañero que a construir una estrategia frente a la oposición.
El tercer problema es la resistencia a la renovación. Los partidos necesitan experiencia, pero también relevo. Cuando las posiciones de dirección permanecen durante demasiado tiempo en las mismas manos, las nuevas generaciones perciben que el ascenso depende menos del mérito que de la paciencia infinita. Actualmente los miembros de la dirección política del PRM tienen una media de 68 años. Ninguna organización puede aspirar a representar el futuro si transmite la impresión de que el futuro siempre debe esperar.
El cuarto error es convertir la equidad de género en un discurso de campaña y no en una práctica de gobierno. El PRM habla de participación femenina con la misma facilidad con la que, llegado el momento de repartir el poder, vuelve a mirar hacia los mismos de siempre. La ley establece criterios de representación, pero la realidad demuestra que muchas mujeres continúan librando una batalla desigual para acceder a espacios donde realmente se toman las decisiones. Pareciera que la cuota se celebra en los discursos, mientras el poder sigue siendo un club con lista de admisión.
Y el quinto error resume todos los anteriores: el miedo al crecimiento. Paradójicamente, muchos perremeístas no temen que entren nuevos miembros al partido; temen que quienes llegan de fuera sean recompensados por encima de quienes construyeron la organización desde sus inicios. Casos como la incorporación de figuras a la dirección ejecutiva (como Ito y Robertico) por encima de los requisitos estatutarios alimentan esa percepción de desigualdad y hacen que cada nuevo ingreso sea visto como una amenaza, en lugar de una fortaleza.
Gobernar implica abrir puertas y sumar capacidades, pero también cuidar a quienes levantaron la casa antes de que llegaran los invitados. Un partido que deja de motivar a sus bases corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que las elecciones no solo se ganan con decretos ni con figuras de renombre, sino con miles de militantes convencidos de que el esfuerzo colectivo tiene recompensa. Porque cuando la militancia siente que trabajar o no trabajar da exactamente lo mismo, el problema ya no es organizativo: empieza a ser electoral.